El Privilegio de Colindres (I)

El Privilegio de Colindres (I)

Uno de los aspectos que ha marcado el devenir de Colindres ha sido su carácter de cruce de caminos. Históricamente confluían en la villa el Camino Real o de los Castellanos, que conectaba la costa con el interior de Castilla a través de Los Tornos, y el Camino de Santiago en su ruta costera. Éste cruzaba el término incorporando los nombres de los barrios que atravesaba, caso del Barrio de la Portilla, junto al cual se alza uno de nuestros hitos patrimoniales: el Palacio de la Portilla, del Infantado o del Condestable, conocido popularmente como El Castillo.

Uno de sus propietarios fue Juan de Velasco, quien lo adquirió en 1401 por 1.400 florines de oro. Perteneciente a uno de los grandes linajes nobiliarios de Castilla, Velasco está estrechamente relacionado con un significativo episodio de la historia de la villa: la concesión del Privilegio de Colindres.

Juan de Velasco heredó de su padre Pedro extensas posesiones, que incluían doscientas aldeas en Castilla y los valles de Soba y Ruesga, además del título de Camarero Mayor del rey. Fue señor de Arnedo, Briviesca y Medina de Pomar, y alcanzó los cargos de Merino Mayor de Castilla y tutor del rey Juan II.

Dentro de su política de expansión señorial, realizó a finales del siglo XIV innumerables compras de propiedades en Laredo, Ampuero, Sámano, Otañés, Guriezo, Cereceda, Liendo, Mena, Trasmiera y, especialmente, Limpias y Colindres. Además, Velasco se hizo con el control del servicio de barcaje de la ría del Asón y de la Torre de Treto, en un momento de crecimiento del tránsito de personas y mercancías, gracias a la revitalización de la ruta jacobea.

Su objetivo era, a corto plazo, el control de las comunicaciones, con la imposición de impuestos sobre el tráfico tanto del Camino Real como de ambas orillas de la ría. Y, a largo plazo, imponer su señorío sobre la antigua Merindad de Vecio, que se extendía por la Cantabria oriental. Por ello, no dudó en aprovechar la oportunidad de hacerse con el control de Colindres y Limpias, junto a Balmaseda, cuando el rey Enrique III “el Doliente” se las ofreció como garantía de un empréstito de quince mil florines de oro “del cuño de Aragón”, debido a los ingentes gastos que le había supuesto su guerra contra Portugal. Velasco las incorporaría a su señorío “con la jurisdizión alta e vaja, civil e criminal”.

Sin embargo, sus respectivas poblaciones se negaron a aceptar la transacción, pues someterse a un señor territorial resultaba más oneroso que depender directamente de la Corona, por la pérdida de autonomía y por el agravamiento de las condiciones tributarias y judiciales. El rey les ofreció, entonces, la oportunidad de anular la venta si las villas eran capaces de hacer frente a la mitad de la deuda. Y, efectivamente, Balmaseda logró aportar 5.000 florines, junto a los 2.500 que reunieron, conjuntamente, Colindres y Limpias. Una cantidad recaudada mediante un repartimiento realizado entre los vecinos y moradores de la villa.

A cambio, Enrique III aforó el 16 de junio de 1399 a las tres localidades, por los “muchos e buenos e leales servizios” que habían prestado a su abuelo Enrique II, a su padre Juan I y a él mismo, con la voluntad de amparar, defender y gobernar sus buenos usos, fueros y privilegios que “siempre tuvieron y tendrán”. Para ello, las vinculó perpetuamente a la Corona y las arropó con los privilegios del señorío de Vizcaya, del cual el propio rey de Castilla era titular desde 1379.

Como consecuencia, y durante los más de cuatro siglos en que estuvo vigente, Colindres disfrutó de una ventajosa situación administrativa materializada en una relativa autonomía de gobierno y en una favorable posición fiscal: ni tributaba en Castilla (aunque sí afrontaba determinados servicios al rey), ni en el Señorío, por no estar a él incorporada. Tales condiciones favorecieron el dinamismo económico y social de la villa: nudo de comunicaciones entre el interior de Castilla y la costa, exportadora de cítricos, productora de vino chacolí, sede de Reales Astilleros, etc.

Pero el mantenimiento del Privilegio implicó también inconvenientes, pues los constantes pleitos que hubo de afrontar en su defensa frente a los intentos de integración desde Castilla o las pretensiones hegemónicas del Corregimiento de las Cuatro Villas, supusieron una persistente carga económica. Estos asuntos, así como la posterior evolución del Privilegio y su extinción los trataremos en un próximo artículo.

Pie de foto: “El Palacio de la Portilla”. Archivo Carmen Urriola.

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